lunes, 22 de julio de 2013

EL ESCARLATA DE LA GUERRA COLOMBIANA

A veces pienso el porqué de tanta guerra en el mundo, quién o qué motiva a los hombres a matarse, un conflicto donde las víctimas distan de ser los generadores del principal móvil de un estado en beligerancia. Estamos acostumbrados a escuchar sobre sangre y muerte en los  países del Oriente Medio, donde se lucha una constante reyerta religiosa que viene desde los tiempos de Cristo. Si echamos un vistazo a Japón observamos una constante presión por controlar la densidad poblacional, que conduce a muchas mujeres a frustrar sus embarazos, aunque esta práctica es legal genera en ellas un impacto sicológico de odio y dolor. En África por ejemplo, no me alcanzarían las páginas del periódico para decir lo que pienso sobre la violación de los derechos de la mujer en una guerra sin final que parece tomar fuerza.  En fin, sería un absurdo hablar del desorden de la casa del vecino sin empezar por lo menos a arreglar la nuestra.

Aquí en mi querida Colombia, vivimos una guerra de hace casi un siglo que viola muchos derechos de la mujer, los niños, del trabajo, el servicio de salud, educación… Entonces ¿cuál es la peor guerra? La que viven grupos insurgentes que intercambian balas en nuestras selvas o la de los corruptos de la empresa pública o privada, o la que inició en las entrañas de un hogar que no tuvo pan para el desayuno. Más bien la pregunta es ¿dónde empieza la guerra? En la injusticia y la desigualdad, en otras palabras en una “guerra sucia”.

Actualmente Colombia está entre los quince países más pobres del mundo, difícil imaginarlo porque contamos con grandes minas, innumerables recursos naturales, dos océanos, una gran riqueza hidrográfica, selvas, fauna y flora, nuestra ubicación geográfica es de las mejores del mundo, contamos con el 10% de la biodiversidad mundial, somos ricos pero uno de los más pobres. Qué paradoja. El 46% de los colombianos está inmerso en la pobreza y ésta cifra va en crecimiento.

Cuando hay injusticia también hay desigualdad en un pueblo que atiborrado por el dolor y el odio decide iniciar una guerra por hacer cumplir sus derechos. ¿Ya me entienden por qué todo está relacionado? El conflicto de intereses es un cáncer que favorece a los que tienen la sartén por el mango, ese al que le dio la gana de acabar con un pedazo de nuestro bosque para fabricar un monstruo de concreto que genera empleo pero a la vez desplaza campesinos, tribus indígenas y desequilibra el ecosistema. No muy lejos de allí, en la gran ciudad, asesinan un extranjero que cumplía labores de espionaje y en menos de 24 horas el crimen estaba resuelto, pero la muerte de un ciudadano común y corriente cuya familia carece de poder y dinero, se queda sin resolver.

Y la salud en qué lugar queda. Según la Encuesta Gallup de abril de este año, ocho de cada diez colombianos desaprueban la forma cómo se enfrentan los problemas de salud cuyas condiciones en vez de mejorar empeoran. Nuestro sistema de salud arrastra consigo muchas fallas que lo han convertido en el problema más delicado del país, esto también genera guerra, o díganme Uds. qué opinan de la muerte de un niño de dos años que no pudo ser atendido porque la negligencia médica no lo permitió bajo el pretexto “no tenía carné” o los llamados “paseos de la muerte”.

O como diría un gran amigo “por qué no ponen a vivir a un congresista con el salario mínimo a ver si toman consciencia”, el SMV aumentó en 2013 sólo $22.800  quedando un total de $589.500 cifra que reciben más de 11 millones de colombianos, y de ahí hay que pagar colegio, mercado, arriendo y vayan sacando cuentas. ¿Será que esto no genera guerra?

Dejo abierta la puerta de la reflexión, hay que salir del atolladero en el que estamos inmersos con estrategia y sabiduría para que en nuestros hogares quedemos por fuera de una guerra en la que nos han obligado a participar.